LA NECESIDAD DE UNA NUEVA POLÍTICA HUMANISTA
He vivido siempre en una desafección política casi estructural: no por apatía, sino por la imposibilidad de sentirme representado por ninguna opción existente. Sin embargo, una cadena de experiencias burocrático‑administrativas en los últimos años —auténticos episodios dignos del motocarro de Plácido—, unida al deterioro de la realidad estatal y mundial, han reavivado una necesidad que creía dormida: concebir una nueva política.
La falta de ejemplaridad de quienes nos gobiernan es tan evidente como dolorosa. Su presencia constante en los medios contrasta con la ausencia de mejoras reales para el ciudadano común, que apenas percibe avances y, en el mejor de los casos, es rescatado in extremis de situaciones cada vez más deshumanizantes.
Vivimos en una política‑espectáculo donde ciertos periodistas —tan “independientes” que alternan entre ser portavoces oficiosos de partidos y defensores de sus argumentarios en tertulias— reducen el abanico político a cuatro opciones estatales, como si el país no contuviera infinitas posibilidades más allá de ese marco estrecho.
Cada semana asistimos a la sesión de control del Gobierno, convertida en un esperpento ritual cuyo guion se resume en el eterno “¡Y tú más!”.
Mientras tanto, la necesidad de mayorías parlamentarias fuerza alianzas imposibles que ralentizan cualquier transformación social profunda.
La ultraderecha crece en Europa, y diversos líderes internacionales proyectan sombras inquietantes, empleando técnicas de manipulación que harían parecer al Gran Hermano de Orwell un aprendiz paternalista.
Y, sin embargo, la tecnología ya permitiría una democracia directa real: seleccionar propuestas, votarlas desde nuestros dispositivos, participar sin intermediarios. Pero eso dejaría sin función a quienes han convertido la política en un oficio estable, más preocupado por su propia supervivencia que por la del ciudadano.
La polarización permanente, el uso obsesivo del pasado como arma arrojadiza, nos hunde en una Guerra Civil sin balas pero con víctimas: personas sin vivienda, sin trabajo, sin acceso a derechos que deberían ser universales y que, en la práctica, siguen siendo privilegios de unos pocos.
Frente al Congreso se alza la estatua de Cervantes, pero nuestros representantes parecen ignorar que este es el país del Quijote, y que su comportamiento no puede situarse ni un punto por debajo de la caballerosidad que encarna.
Por eso urge una renovación política basada en valores humanistas. El silencio de quienes deberían defenderlos —desde la Academia, la Ciencia o la Cultura— ha creado un vacío intolerable que condena al votante a elegir siempre el mal menor o a retirarse, asqueado, de un sistema que ha sustituido las monarquías absolutas por una hidra de innumerables cabezas sostenidas por el contribuyente.
Sería necesaria una institución centrista, transversal y meritocrática, capaz de seleccionar a los mejores —los aristos— de una nueva generación de representantes. Personas que comprendan la política como servicio, que trabajen desde lo que nos une, no desde lo que nos separa, y que ejerzan su función como un legado para la humanidad y para el humanismo que dicen defender.
Un gobierno que represente desde las bases, con ejemplaridad; partidos que tengan prohibido atacar a otros y solo puedan defender sus propias propuestas; representantes siempre accesibles al ciudadano, pero discretos, eficaces y alejados del estrellato mediático.
Si la Educación fuese verdaderamente eficaz, formaría ciudadanos capaces de regirse por su propia conciencia. Ese debería ser el objetivo último de la política: construir estructuras destinadas a desaparecer, no en la anarquía, sino en la autoarquía.
El gobierno sería entonces una muleta que el ciudadano está llamado a abandonar, siempre bajo mecanismos de control democrático férreos y omnipresentes.
Las dos tradiciones dominantes en nuestro país —izquierda y derecha— son ya simplificaciones infantiles de otros siglos, sin capacidad real para representar un mundo globalizado. La política no debería proteger fronteras, sino trabajar para que dejen de ser necesarias en una aldea planetaria interdependiente.
España es una fuente inagotable de talento y un crisol cultural con una responsabilidad histórica: elevar el nivel, no resignarse a él.
Y no, no es cierto que tengamos los políticos que merecemos.
Si así fuera, no sentiríamos esta vergüenza ajena tan unánime ante lo que hoy se llama “esfera política”.
Vivimos en un mundo en guerra. No solo en los frentes visibles, sino en los silenciosos: guerras económicas, informativas, tecnológicas, culturales. Guerras que fragmentan sociedades, erosionan la empatía y normalizan la vulneración de derechos fundamentales. Y, sin embargo, seguimos aplazando la necesidad de construir un futuro mejor, como si el tiempo fuese infinito y la responsabilidad siempre de otros.
Pero mientras la humanidad sea vulnerada en un solo individuo, nuestra propia humanidad está en juego. No existe distancia suficiente para que el sufrimiento ajeno deje de afectarnos; no existe frontera que pueda blindarnos de la degradación moral global. Delegar la tarea de cambiar el mundo en representantes indignos o ineficaces no solo es ingenuo: es una renuncia activa a nuestra capacidad de transformar la realidad.
Cada día —también hoy— es un momento histórico.
Cada día es una oportunidad para asumir la iniciativa que hemos cedido durante demasiado tiempo.
Cada día podemos decidir que el futuro no será un accidente, sino una construcción consciente.
La política no puede seguir siendo un espectáculo ni un refugio para quienes buscan poder sin responsabilidad. Debe volver a ser un proyecto colectivo, una herramienta al servicio de la dignidad humana. Y ese cambio no llegará desde arriba: comienza en la decisión individual de no mirar hacia otro lado.
Porque la historia no la escriben los que esperan.
La escriben los que actúan.






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