LA CONQUISTA (Y DERROTA) DEL INFIERNO

Hasta hoy hemos sostenido que necesitamos ideas nuevas —o quizá viejas— como referencia: nuevos Cielos para una nueva Tierra. Ideas más platónicas, más luminosas, acordes con el Bien que alumbra la Creación. 

Y, puesto que ese Bien es inevitable, llegarán tarde o temprano… antes, si ponemos un poco de nuestra parte. Nos toca entrar en tarea, y hacerlo de manera heroica, de la mejor forma posible, a la que todos estamos llamados. 


 El Credo cristiano proclama: «Fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió a los infiernos. Al tercer día resucitó…». 

Si hoy, domingo, nos situáramos a la salida de cualquier misa del mundo y preguntáramos qué hizo Jesús en los infiernos, sería un milagro que un 1% de los asistentes supiera responder. 

La respuesta —cuidadosamente ocultada— es el episodio conocido en inglés como The Harrowing of Hell: la Conquista o Vaciamiento del Infierno, el Descensus ad Inferos. Un mitema que, como tantos otros presentes en los Evangelios, es anterior al cristianismo. 


Su origen se remonta a las antiguas mitologías. La diosa babilónica Inanna protagoniza el primer descenso, con un claro simbolismo iniciático: para atravesar cada nivel debe desprenderse de sus joyas y vestiduras hasta quedar desnuda. La vida como campo de entrenamiento espiritual, como lugar donde limpiar el karma y los apegos. 

Igual estructura de niveles y puertas tiene el viaje de Osiris por la Duat, donde aparece por primera vez el Juicio de Anubis: el alma debe ser más ligera que la pluma de Maat para no ser devorada por Ammit, la bestia hipopótamo‑cocodrilo que -sumergida- representa el inconsciente. 


En Grecia, el Hades —regido por Plutón y Perséfone— es el lugar de reposo de las almas o fantasmas, heredero del culto a los ancestros. Allí surge la división entre el Hades común y el Tártaro, infierno para los malvados, imagen del funcionamiento kármico de la realidad: Sísifo, Ixión, los deseos que se escapan, las obras que nunca culminan. 

En el mito de Perséfone, el Hades es figura de nuestra realidad material; la ingestión de los granos de granada simboliza el deseo del alma por la experiencia, y su retorno periódico, la reencarnación inevitable. Ulises, Eneas y Orfeo descienden también al inframundo como parte de su viaje heroico: exploración del subconsciente necesaria para completarlo. 


No son destinos eternos, sino etapas. En el judaísmo encontramos el antiguo Sheol y, ya en época helenística, la Gehenna, junto al concepto de Juicio heredado de Salomón. Como en la historia del juicio del bebé, el truco está en renunciar a lo propio para ganarlo: cancelar el deseo. Aquí aparece una de las preguntas filosófico‑teológicas más potentes: la imposibilidad lógica de un Dios misericordioso que da libertad, pero castiga eternamente su uso. 

La paradoja teológica El cristianismo hereda el Dios justiciero judío, ignorando en gran medida la figura del Padre misericordioso del Hijo Pródigo. Esto genera una paradoja insoluble: Dios es misericordioso. Dios da libertad real. Dios castiga eternamente el mal uso de esa libertad. Si la libertad es real, el castigo es coerción. 


Si la misericordia es real, el castigo eterno es incompatible. Si el castigo es eterno, la libertad es irrelevante: un acto finito produce un efecto infinito. El infierno eterno es incompatible con un Dios omnibenevolente. 

Además, si para que exista individuación al menos un alma debe elegir mal, entonces Dios crea a la humanidad sabiendo con certeza matemática que una parte acabará en el infierno. Y esa condena se basa en decisiones tomadas por seres cuya conciencia es cultural, condicionada, limitada. 

El ser humano nace en un contexto cultural que determina su conciencia moral. Sus decisiones están condicionadas por biología, educación, trauma, entorno y época. No existe libertad absoluta ni conciencia universal. Sin embargo, la teología clásica sostiene que un acto finito, condicionado y culturalmente moldeado puede llevar a una condena eterna. 


La antropología y la psicología moral confirman que: Lo que una cultura llama pecado, otra lo llama virtud. Lo que una época considera culpa, otra lo considera necesidad. La moral es histórica, contextual, evolutiva. ¿Cómo puede un Dios justo condenar eternamente por transgredir normas culturales y temporales? No puede. 

La culpa, además, es una construcción social: chivo expiatorio (Girard), tabú (Durkheim, Freud), culpa ritual. El cristianismo mezcla culpa ritual heredada con culpa moral interiorizada, creando una estructura inestable. Si el pecado es cultural, no puede tener consecuencias eternas universales. 

El problema del pecado original El pecado original simboliza nuestros condicionamientos, pero no desaparece con el bautismo. El sacrificio de Cristo no borra el pecado original -o retornaríamos inmediatamente a la conciencia edénica- ni elimina el sufrimiento, la muerte o la culpa. 


Si Cristo pagó una deuda, ¿por qué el sistema sigue igual? Si no la pagó, ¿qué significa entonces redención? La demonología agrava el problema: seres superiores, más poderosos y conocedores, que pueden tentar al ser humano, pero no pueden redimirse. Si el hombre cae por influencia de seres superiores creados por Dios, la responsabilidad humana es mínima y la divina máxima. Dios castiga —según esta visión— a inocentes, ignorantes, condicionados, víctimas, enfermos, niños, pueblos enteros. Esto es incompatible con cualquier noción de justicia o misericordia.  


Cristo desciende al infierno para vaciarlo. Como Hércules liberando a Prometeo, rescata a Adán y Eva y a los justos que dormían en el Seno de Abraham. Este episodio procede de los Evangelios apócrifos, pero forma parte del Credo. Se oculta para evitar que los creyentes descubran que su origen es un sincretismo entre tradición judía y mitología griega, tras seis siglos de helenización. 

Si Adán y Eva son mito, su redención implica la redención de toda la humanidad. El pecado original debería desaparecer. Pero no desaparece: persiste en forma de traumas personales, familiares y sociales. El mundo no regresó a la conciencia edénica tras la muerte -mítica- de Jesús.


El sufrimiento como argumento final El sufrimiento humano es demasiado amplio, indiscriminado e inocente para ser castigo divino. Los buenos sufren. Los malos sufren. Los niños sufren. Los animales sufren. La naturaleza sufre. Si el dolor fuera castigo, Dios sería injusto, cruel, indiferente o incompetente. 

El pecado original, entendido jurídicamente, crea una deuda infinita impuesta a seres finitos. Esto no es justicia, ni misericordia, ni libertad. 


La redención universal está implícita en el mito. Mantener la idea de infierno eterno, culpa infinita y castigo perpetuo es una afrenta a la dignidad humana y a la razón. 

Es un “asusta‑niños” sin eficacia real: el mal sigue rampante. Un concepto artificial surgido de la malinterpretación de los mitos, con más costuras erróneas de las que hemos podido señalar.  

El hombre pide pan a Dios, y está escrito que Dios no le dará una serpiente. Entonces, ¿de dónde ha salido?

Como Morfeo en Sandman, hoy vaciamos el Infierno. Y nos guardamos la Llave.


PS: Esta abolición del Infierno debe extenderse también a los llamados infiernos iniciáticos, tan presentes en ciertas tradiciones esotéricas y escuelas de misterio. Bajo la apariencia de pruebas espirituales, estos sistemas reproducen la misma lógica que criticamos: la glorificación del dolor humano como condición para el crecimiento. 

Se presentan como caminos de purificación, pero en realidad multiplican el sufrimiento, lo justifican y lo ritualizan. Lo sé por experiencia: el dolor no ilumina por sí mismo; solo deja cicatrices. 


La idea de que el ser humano debe atravesar voluntariamente un “infierno” para despertar es otra forma de homo‑fobia espiritual: un desprecio por la fragilidad humana disfrazado de disciplina. El sufrimiento no es un maestro, ni un requisito, ni un peaje. Es una realidad que ya existe en abundancia en la vida de todos. Convertirlo en método es repetir el mismo error teológico del infierno eterno: atribuir valor moral a la herida, como si la dignidad humana necesitara ser quebrada para revelarse.

Si el dolor no puede ser castigo divino, tampoco puede ser camino obligatorio hacia la sabiduría. La verdadera transformación no nace de la violencia contra uno mismo, sino de la comprensión, la lucidez y la libertad interior. Cualquier doctrina —religiosa o iniciática— que exija atravesar un infierno para merecer la luz está repitiendo el mismo mito dañino: que el ser humano debe sufrir para ser digno.

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