LOS COLORES DEL MUNDO

La experiencia vital de cada persona es irrepetible. Podemos nacer en la misma familia, estudiar en el mismo colegio, compartir amistades, aficiones e incluso trabajos. Y aun así, no habitamos mundos semejantes. Nuestro mundo interior depende de intuiciones, ideas, creencias y heridas emocionales que son únicas y, en gran medida, intraducibles.

A la inversa, basta retirar uno solo de esos apoyos —la familia, la amistad, el trabajo— para que la concepción del mundo se vuelva radicalmente distinta. Los propios medios de “información” filtran y distorsionan nuestra percepción hasta el punto de hacernos creer que vivimos en un escenario permanentemente polarizado: catástrofes, guerras, intereses deshumanizados, políticos indignos del cargo, celebridades en un baile de vanidades, influencers sin nada que influir y redes sociales que, lejos de conectarnos, nos anestesian. Un paisaje distópico donde la Cultura y el Humanismo sobreviven como voces cada vez más débiles, casi clandestinas.

En medio de este desencanto —este triunfo del mal sordo, repetitivo y paralizante— queremos ofrecer otra mirada. Una intuición distinta. Una esperanza.

La Naturaleza —o Dios— ha dotado al ser humano de un grado extremo de libertad, hasta el punto de permitirle matar, destruir o comportarse como el caníbal primitivo que un día fue. Y sin embargo, desde aquel escenario cavernícola de la cachiporra y el incesto, existe una fuerza histórica que empuja al hombre a separarse, lenta pero inevitablemente, de su origen natural.

Llámala Conciencia, Razón, Cultura o, con Hegel, Espíritu: esa realidad que se reconoce en la materia y que, mediante la dialéctica de tesis, antítesis y síntesis, avanza hacia un futuro más humano. Hegel creyó ver ese avance encarnado en el caballo blanco de Napoleón, llevando por Europa las conquistas políticas de la Ilustración. Ese mismo caballo fue capaz, siglos después, de derribar el Muro de Berlín. Pero hoy parece haberse detenido ante un abismo digital que nos impulsa y nos encarcela a la vez, convirtiendo el espacio público en un campo de concentración de ideas donde la confrontación sustituye al progreso.

Si en lugar de repetir la Historia aprendiéramos de ella, veríamos que toda oposición al Humanismo puede retrasar su avance —como Platón, que tardó veinte siglos en resucitar durante el Renacimiento—, pero no detenerlo. Mientras existan hombres capaces de imaginar un mundo mejor, ese mundo terminará por materializarse.

Rousseau habló del “buen salvaje” corrompido por la sociedad. Hoy sabemos que las fuerzas que nos atan al pasado y al caos son, sobre todo, interiores: traumas personales que arrastramos sin saberlo y que nos hacen interpretar el presente a través de un filtro deformado. A ellos se suman los traumas familiares, silenciosos y persistentes, transmitidos de generación en generación como un legado invisible que limita nuestra libertad tanto o más que nuestras propias heridas.

Y, en su versión macroscópica, esos traumas se encarnan en culturas, instituciones y creencias milenarias que permanecen inalteradas, congelando el movimiento histórico en ideologías que ya no responden a la realidad.

Con Tolkien, creemos que el mal no tiene sustancia propia. Es más bien un “triple pecado original”: una disonancia transmitida de unos a otros, como el niño maltratado que absorbe el dolor y lo devuelve en forma de ira. Barry Smith y Bill Mantlo lo intuyeron al imaginar el origen de Hulk: la sombra del padre convertida en monstruo gracias a la energía de la bomba gamma.

Por eso debemos extremar el cuidado en nuestras interacciones. No hace falta violencia física para herir: basta una palabra mal dicha —o la ausencia de una palabra necesaria— para condicionar una vida entera.

Pero el universo humano tiene una peculiaridad: cuando el mal se concentra sobre un individuo, este puede “romperse” de un modo fecundo. Puede romper los condicionantes traumáticos y convertirse en un empata, alguien capaz de percibir no solo su propio dolor, sino el ajeno, y de transmutarlo. En lugar de devolver el daño recibido, lo convierte en bien, en cultura, en conciencia.

Nuestro mundo está hecho de pensamiento, y el pensamiento de lenguaje. Reaccionamos a palabras e ideas de forma casi mecánica, movidos por emociones profundas. Y sin embargo, en ese engranaje, un gesto de compasión —un pequeño clavo— puede cambiar el curso de la historia.


For want of a nail, the shoe was lost; 

For want of a shoe, the horse was lost; 

For want of a horse, the rider was lost; 

For want of a rider, the battle was lost; 

For want of a battle, the kingdom was lost, 

And all for the want of a horseshoe nail. 


Se acaba de inaugurar el Año Chino del Caballo de Fuego, ojala sepamos todos ser clavos en sus herraduras de avance imparable.

 

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