LA VERBENA DE LA PALOMA: MITOLOGIA CON MANTÓN DE MANILA

 En el llamado “género chico” laten mitos gigantes disfrazados de chulapos. La zarzuela, pese a su modestia aparente, encierra obras maestras donde los arquetipos más antiguos se pasean por escenarios castizos con la misma naturalidad con la que lo hicieron por templos griegos o bosques artúricos. La Verbena de la Paloma es uno de esos casos en los que la tradición popular sirve de máscara a un drama sacro que atraviesa las eras.

El mitema es claro: el héroe debe arrebatar a la doncella custodiada por un viejo. Ella es el ánima de su ánimus.

Es una historia tan antigua que ya aparece en los grabados griegos del cortejo de Alcmena, cuando Hermes —el Trickster por excelencia— ayuda a Zeus a penetrar en el palacio de Anfitrión. Siglos después, en la materia de Bretaña, es Merlín quien cambia la apariencia de Uther Pendragon para que este, disfrazado de duque de Cornualles, entre en Tintagel y conciba a Arturo con Igraine. Cervantes retoma el esquema en La ilustre fregona, y lo mismo hace Beaumarchais en El barbero de Sevilla, donde Figaro debe ingeniárselas para que el galán se cuele en casa del viejo y conquiste a la dama. Incluso Don Juan Tenorio reproduce la estructura, con el Comendador y el convento como custodios de la amada.

Pero la versión que inspira directamente a los autores de La Verbena es la de Sigfrido enfrentado a Wotan para obtener a la valquiria. No es casual que, en la escena inicial, los personajes comenten que “sale fuego de la pared”: un guiño al fuego mágico que protege a Brunilda. En esta adaptación castiza, el boticario Don Hilarión es el guardián de Susana, cuyos favores comparte con Casta —nombre de resonancia virginal— mientras Julián, humilde cajista huérfano, arde de celos. Su oficio, ordenar las letras de la imprenta, tiene algo de hermético: manipular signos, dar forma al verbo. Vive al cuidado de la señá Rita, esposa del tabernero, heredera por tanto del linaje simbólico de Dioniso, dios del vino y de la fiesta.


La zarzuela abre con el dúo de Don Hilarión y Don Sebastián, que elogian el avance de “las Ciencias”: un canto a la Razón volátil, ese espíritu que siempre va por delante de su época.

El encuentro entre el trío y el protagonista se produce en la Verbena, donde los desplantes entre chulapa y chulapo —ella cubierta por el mantón de Manila, velo exótico que confirma su condición divina— desembocan en el puñetazo de Julián al boticario. Es la versión de barrio de la derrota de Sigfrido sobre Wotan. Tras el golpe, la pareja se reconcilia y el héroe obtiene a la damisela.


Que todo ocurra en la víspera de la fiesta de la Virgen de la Paloma no es un detalle menor: la obra se sitúa en un tiempo sagrado, en un umbral donde lo mítico se cuela en lo cotidiano.

La Verbena de la Paloma demuestra, una vez más, cómo los arquetipos trabajan silenciosamente, adaptándose a cada época y cultura sin perder su esencia. Madrid en agosto, con su calor y su verbena, se convierte así en escenario eterno del héroe que atraviesa el fuego para alcanzar a la amada.

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