LA INICIACIÓN INVISIBLE

 En la encrucijada vital donde nos encontramos hace ya cuatro años hemos recibido con gozo inmarcesible la asistencia de amigos y mentores formados dentro de una de las antiguas ramas del Hermetismo, una corriente discreta de la Tradición que conserva, aún hoy, su vocación de elevar y transformar.

No se ha tratado de una formación reglada y presencial, dentro de una escuela iniciática, sino más bien de una moderna versión de aprendizaje digital cuya verdadera naturaleza solo ahora comenzamos a comprender en toda su profundidad.

Durante estos años ha consistido más en un acompañamiento distante, ambiguo, por momentos simbólicamente exigente y en ocasiones, sin que exista mala voluntad por ninguna parte, opuesto a nuestra naturaleza, con los consiguientes conflictos que ahora, y solo ahora, comprendemos como etapas del camino.


Podemos pues ahora, agradecidos, sin dejar de desear unos métodos y un proceder más acordes a la configuración mental y espiritual de este humilde aprendiz, hacer un pequeño balance de los muchos aspectos con que han formado y enriquecido nuestra alma, nuestro proceder y nuestra mirada sobre el mundo.

Nos ha admirado su asistencia al necesitado, no como un acto de caridad, sino como una forma de reconocer en el otro una dignidad que nunca debe ser negociada.

Nos ha dado educación continua, el impulso de no detenernos, de seguir aprendiendo, de no conformarnos con la superficie de las cosas.

Nos ha dado consciencia de nuestras limitaciones y fallos, no para humillarnos, sino para recordarnos que la perfección no es un estado, sino un trabajo.

Nos ha dado el descubrimiento de los orígenes de nuestros traumas, la valentía de mirar hacia atrás sin miedo, de comprender que la herida también es maestra.

Nos ha dado la consideración del ser humano desde lo mejor de sí, no desde sus errores, sino desde su potencial.

Nos ha dado amor por el conocimiento, por la luz que disipa la ignorancia, por la búsqueda que nunca termina.

Nos ha dado integración en una tradición inmemorial, la sensación de pertenecer a un hilo que atraviesa siglos, que une manos que nunca se conocieron pero que trabajan en la misma dirección.

Nos ha dado paciencia con los errores ajenos, y los propios, porque todos caminamos a ritmos distintos, y cada cual carga historias que no conocemos.

Nos ha dado la comprensión de que cada persona tiene su nivel de conciencia, su tiempo, su proceso, su batalla interior.

Nos ha dado la gozosa humildad de descubrir miradas más profundas, conductas más rectas, existencias más completas, modelos humanos que perseguir.

Nos ha dado ocasión de descubrir una increíble fuente de talentos, desarrollarlos, ponerlos a trabajar, pulirlos y ordenarlos hacia una intervención benéfica en el mundo y la sociedad.

Nos ha dado la ocasión de descubrir una quizás demasiado amplia panoplia de miradas, de enfoques, de voces, pudiendo escoger aquellas que nos resultan más simpáticas, afines, elevadas, sin por ello despreciar las de los maestros más rigurosos, inflexibles, duros o analíticos.

Nos ha dado la oportunidad de, entre todas esas voces, encontrar la nuestra propia, y verla refrendada, o al menos pastorilmente conducida a formas más precisas, limpias, inocuas.

Nos ha dado confirmación en que nuestra visión del mundo era esencialmente correcta y gloriosamente compartida, aún de manera discreta, por quienes nos han rodeado y de cuya amistad, cercanía, guía y asistencia siempre nos honramos.

En última instancia nos ha hecho el trascendental regalo de renovar nuestra Esperanza en que el mundo, a pesar de los cruciales y oscuros momentos que atraviesa, se dirige por naturaleza hacia una consumación luminosa.

Aquí, hasta donde alcanza actualmente nuestra visión, hacemos lo posible por compartir lo aprendido y poner nuestro granito de arena para consolidar esas visiones tan utópicas como necesarias surgidas del diálogo.

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