TEORÍA DE LA LITERATURA: EL MITO "DEGRADADO", ANTECEDENTES TEÓRICOS

La teoría que defendemos, la que entiende la literatura universal como una "degradación" o adaptación  de los mitos originales, no surge de la nada sino que tiene antecedentes profundos en la historia del pensamiento, porque desde muy temprano algunos autores intuyeron que el mito era la forma originaria del espíritu humano. 

La literatura no era sino su eco tardío, su sombra secularizada, su traducción imperfecta en un mundo que había perdido la unidad sagrada de los comienzos, y así Giambattista Vico afirmó que las primeras palabras humanas fueron poéticas y míticas y que la literatura posterior no era más que la racionalización de ese imaginario primordial, una forma debilitada de la antigua voz divina que hablaba a través de los pueblos.
     

Los románticos alemanes como Schlegel, Novalis o Schelling sostuvieron que el mito era la forma absoluta del espíritu y que la literatura moderna era el testimonio de una caída, la nostalgia de una unidad perdida, la prueba de que el mundo ya no podía hablar en símbolos totales sino en fragmentos, en novelas, en psicologías, en ruinas. 

 Más tarde Mircea Eliade insistió en que la literatura moderna conserva estructuras míticas pero sin su función sagrada, como si los relatos hubieran perdido el ritual que les daba sentido y se hubieran convertido en historias profanas que aún contienen la arquitectura del mito pero ya no su fuerza ontológica, 

Lévi Strauss mostró que los mitos poseen una gramática profunda que reaparece en la literatura aunque disfrazada, fragmentada, degradada, porque la literatura ya no organiza el mundo ni funda una comunidad sino que opera como un ornamento, como un residuo de una función social que se ha desvanecido.

Northrop Frye llevó esta intuición al terreno crítico al afirmar que todos los géneros literarios derivan de arquetipos míticos y que la literatura moderna es un sistema de mitos secularizados, mitos sin creencia, mitos que ya no se viven sino que se leen.

Tolkien defendió que el mito es la verdad profunda del espíritu humano y que la literatura es una subcreación, un eco menor de esa verdad, una forma degradada no en el sentido peyorativo sino en el sentido de distancia, de pérdida de intensidad, de alejamiento de la fuente. 


Borges, con su lucidez metafísica, afirmó que los mitos son el lenguaje de la eternidad mientras que la literatura es su traducción imperfecta, su reflejo en un espejo que ya no devuelve la imagen completa sino una variación infinita de sombras y reescrituras 

Esta tradición no se detuvo en el siglo XX, porque en la actualidad existen corrientes que continúan esta línea aunque con otros nombres y otros lenguajes, como la mitocrítica francesa de Gilbert Durand, Jean Jacques Wunenburger o Michel Maffesoli, que sostienen que la literatura moderna sigue reconfigurando mitos aunque lo haga de forma degradada o desplazada, o la antropología literaria de René Girard, Roberto Calasso o Philippe Descola, que entiende la literatura como un residuo simbólico de estructuras arcaicas que aún actúan en nosotros. 


La narratología cognitiva de Mark Turner, George Lakoff, Jonathan Gottschall o Brian Boyd, que afirma que los relatos literarios son variaciones tardías de patrones narrativos universales que no son otra cosa que mitos reescritos, o los estudios postseculares de Charles Taylor, William Franke o Giorgio Agamben, que ven en la literatura una supervivencia de lo sagrado en un mundo que ya no reconoce lo sagrado, o incluso la ecocrítica contemporánea de Timothy Morton, Donna Haraway o Bruno Latour, que interpreta la literatura como la memoria simbólica de una alianza perdida entre humanidad y mundo, alianza que en su origen era mítica y que hoy solo sobrevive en forma de relato desplazado.  

Junto a estos teóricos aparecen figuras como Alan Moore y Neil Gaiman, que no escriben tratados pero encarnan en su obra la misma intuición profunda, porque Moore trabaja desde la conciencia de que el mito se degrada al entrar en la modernidad y por eso lo desmonta, lo fractura y lo recompone en Watchmen, Promethea o From Hell, donde el mito aparece como un mecanismo roto que aún conserva su potencia simbólica. Gaiman opera desde el extremo opuesto, porque en él el mito no está degradado sino plenamente vivo, y American Gods no es una novela que reescribe mitos sino un mito nuevo que se presenta con la misma autoridad que los antiguos, un mito que no pide permiso a la literatura sino que la desborda, la sustituye y la supera, devolviendo al relato contemporáneo la densidad ontológica que había perdido. 


De este modo se dibuja una tradición que, aunque dispersa, converge en una misma intuición, la de que el mito es la matriz y la literatura es su forma tardía, su degradación o su reaparición, su transformación en relato humano, psicológico, estético, secular o su resurrección plena cuando encuentra autores capaces de devolverle su rango, y que toda obra literaria, desde Homero hasta Kafka, desde el Mahabharata hasta Cervantes, desde Shakespeare hasta Lovecraft, Moore o Gaiman, no hace sino repetir, deformar, reinterpretar, recordar o reinstaurar estructuras míticas que ya estaban presentes en los albores de la conciencia humana, estructuras que siguen actuando aunque ya no las reconozcamos como tales. 


Por eso nuestra teoría, la que entiende la literatura universal como mito renovado y camuflado, no es una extravagancia ni una ocurrencia aislada sino la continuación natural de una línea profunda del pensamiento que ha visto siempre en el mito la forma originaria del sentido y en la literatura su eco, su sombra o su renacimiento, y es precisamente en esa degradación o en esa restauración donde la literatura encuentra su fuerza, porque al perder la función ritual gana la posibilidad de la interpretación y al recuperarla gana la posibilidad de volver a fundar el mundo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

EXORCISMOS Y POSESIÓN DIABÓLICA

HIJOS DE LA SABIDURÍA, DE GUILLERMO MÁS ARELLANO

UN CIELO NUEVO PARA UNA NUEVA TIERRA