BIEN Y MAL: DEL MANIQUEISMO AL TAO (Y TOLKIEN)

Continuamos hoy con un hilo argumental que ya introdujimos en la entrada dedicada al Infierno y en la de la Culpa.

La vida humana es exactamente lo que decía Chaplin: una tragedia en primer plano y una comedia en plano general. 

Ese truco de cámara es la raíz de nuestra confusión moral: lo que juzgamos como Bien o Mal depende menos de la esencia de los actos que del encuadre desde el que los miramos. 

Y, sin embargo, llevamos dos mil años actuando como si existieran categorías absolutas, eternas, universales. No es casualidad: es herencia del Maniqueismo.  


La moral occidental nace de una contradicción fundacional: un Dios que crea seres libres, pero que inmediatamente promulga mandamientos específicos. Esa tensión —libertad ontológica frente a obediencia normativa— genera una moral fetichista, obsesionada con el catálogo de actos y no con la conciencia que los produce. 

El ejemplo es casi cómico: “No desearás a la mujer del prójimo”. ¿Por qué no? ¿Y si tu esposa es estéril? ¿Y si lo que en realidad ocurre es que la mujer no es propiedad de nadie? ¿Y si el deseo no es un acto, sino un impulso? 

La respuesta es simple: el mandamiento no regula justicia, sino orden social. Y ese orden, convertido en moral, se vuelve rígido, casuístico, incapaz de comprender la complejidad humana. 


 La física moderna nos enseñó que el espacio‑tiempo no es recto. El Tao lo sabía desde hace milenios: la realidad se curva, se pliega, se invierte. El Bien contiene el germen del Mal, el Mal contiene el germen del Bien, y todo extremo se transforma en su contrario. 

Un proverbio chino advierte sobre los peligros del juicio maniqueo instantáneo: 

Un viejo granjero vivía en una aldea pobre. Era tan pobre que incluso el rey le envidiaba su hermoso caballo blanco.El caballo se escapa: Los vecinos dijeron: "¡Qué mala suerte!". El granjero respondió: "¿Mala suerte? ¿Buena suerte? Ya se verá".
 Al día siguiente, el caballo volvió con doce caballos salvajes. Los vecinos dijeron: "¡Qué buena suerte!". El granjero respondió: "¿Buena suerte? ¿Mala suerte? Ya se verá".
El hijo del granjero intentó domar a uno de los caballos salvajes, cayó y se rompió la pierna. Los vecinos dijeron: "¡Qué mala suerte!". El granjero respondió: "¿Mala suerte? ¿Buena suerte? Ya se verá"
El ejército del rey llegó al pueblo para reclutar jóvenes para una guerra, pero al hijo del granjero no se lo llevaron por tener la pierna rota. Los vecinos dijeron: "¡Qué buena suerte!". El granjero respondió: "¿Buena suerte? ¿Mala suerte? Ya se verá."


El Caduceo de Hermes es la imagen que mejor describe esta estructura. Dos serpientes —opuestos aparentes— ascienden en espiral, se confrontan, se tocan, se transmutan y elevan la realidad a una octava superior. 

En Oriente, esa misma estructura es el Kundalini: Idá, Pingalá y Sushumná, los canales por los que asciende la energía cuando los opuestos se integran. El Caduceo es la columna vertebral del despertar espiritual. 

Es Tao, es Hegel y su dialéctica: No hay Bien y Mal como polos estáticos: hay tensiones que se curvan, se cruzan y generan síntesis. 


 Tolkien lo vio con una claridad que quizá él mismo no sospechaba: Los Valar, creyéndose custodios del Bien, arrancan a los elfos de su lugar natural y los convocan a Occidente. Esa “bondad” impuesta genera nostalgia, orgullo, corrupción. 

Y cuando los Noldor se rebelan, los Valar castigan… y ese castigo genera el Doom, el destino trágico que marcará toda su historia. El Bien, cuando se absolutiza, se vuelve violento. El Bien, cuando se impone, genera sombra. 

Y el Mal, paradójicamente, abre caminos que el Bien jamás habría permitido: Es el hambre y la obsesión de Gollum la que destruye el Anillo, la caída de Númenor funda los reinos de los Hombres, la muerte de Gandalf lo transfigura, la trágica figura de Turin, vencido y maldito en cada aspecto de su vida. genera al campeón cósmico que derrotará finalmente a Morgorth, encarnación del "Mal" (la disonancia).  

La moral recta no explica nada; la moral curva lo explica todo.

Entonces Ilúvatar habló, y dijo: –Poderosos son los Ainur, y entre ellos el más poderoso es Melkor; pero sepan él y todos los Ainur que yo soy Ilúvatar; os mostraré las cosas que habéis cantado y así veréis qué habéis hecho

Y tú, Melkor, verás que ningún tema puede tocarse que no tenga en mi su fuente más profunda, y que nadie puede alterar la música a mi pesar. Porque aquel que lo intente probará que es sólo mi instrumento para la creación de cosas más maravillosas todavía, que él no ha imaginado." (El Silmarillion, Ainulindalë)


Esta es la clave metafísica: el Mal no puede escapar del Bien, el Bien no puede existir sin la tensión del Mal, toda disonancia se integra en una armonía superior y toda sombra es absorbida en la luz final. 

Es metafísica pura. Aplicado a la historia mundial, la curvatura moral exige una síntesis. Oriente aporta Tao, unidad, proceso, interioridad. Occidente aporta logos, crítica, individuación, historia. Ambos son serpientes del Caduceo. Ambos deben tocarse, confrontarse y elevarse. 

Los teósofos iniciaron el trabajo de fundir el pensamiento oriental y el occidental: nunca se culminó. Y por eso vivimos en un Muro de Berlín espiritual, una fractura ideológica que explica demasiadas tensiones actuales. 


Las religiones, en su forma literalista, son el obstáculo principal. Son quienes definieron hace milenios la Imago Mundi; hoy son cárceles conceptuales. 

Por eso es urgente que el Cristianismo se vuelva gnóstico, el Judaísmo cabalístico y el Islam sufí, y que Oriente, a su vez, se occidentalice en pensamiento crítico, ciencia y libertad individual. 

Solo así se cancela la oposición día/noche. Solo así se “detiene el mundo”, como Superman en su película, y se corrigen las corrientes históricas que hoy nos arrasan. 


El Bien —el verdadero, el que merece mayúscula— no será lo opuesto del Mal, sino el resultado dialéctico de su enfrentamiento. 

No un mandamiento, no una prohibición, no una lista, sino una emergencia: lo que surge cuando la vida, con sus curvas, sus sombras y sus ironías, encuentra equilibrio. 

El Dr. Strange, diría: La Humanidad no está preparada para recibir esto. Tal vez. 

Pero la sombra del maniqueísmo ya es demasiado larga. Y quizá ha llegado el momento de re-encender otra luz.

Comentarios

  1. Me encanta el planteamiento. Debe ser que no hay mal ni bien. Solo venturas.

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