EL APOCALIPSIS DE LAS PANTALLAS

La soledad urbana empuja a la gente hacia la pantalla como último refugio. 

Los jóvenes se enganchan porque no tienen otra forma de pertenencia. Los adultos se enganchan porque no tienen otra forma de descanso. Los mayores se enganchan porque no tienen otra forma de compañía. 

Los padres defienden el móvil como si fuera un órgano vital. Los profesores están desarmados, ridiculizados, denunciables. Los políticos permanecen dormidos, cobardes o vendidos. Las redes explotan menores sin pestañear. La ingeniería de la atención funciona como una droga legal. La ciudad se convierte en un desierto emocional. 


Y, en medio de todo esto, el algoritmo crece como un dios sin rostro: define lo que existe y lo que no existe, decide qué temas merecen atención y cuáles deben desaparecer, moldea la conversación pública como un ventrílocuo que mueve los labios de millones sin que nadie note la mano que está detrás.

Educa más que la escuela, pero sin pedagogía, sin ética, sin responsabilidad, guiado únicamente por la lógica fría de la retención y del clic. Infantiliza a la población porque recompensa lo inmediato, lo impulsivo, lo emocionalmente explosivo, y castiga lo lento, lo complejo, lo simbólico, lo que requiere silencio. 

Deforma la realidad porque no muestra el mundo, sino un espejo curvado que exagera lo que excita y oculta lo que incomoda. 

Censura sin llamarlo censura: no prohíbe, simplemente deja de mostrar, y lo que no se muestra deja de existir. Se convierte así en la institución más poderosa de la historia, sin parlamento, sin supervisión, sin rostro, sin límites. 


Es el nuevo pedagogo universal, pero sin amor por el ser humano, sin comprensión del alma, sin noción de madurez. Es el gran editor del mundo, el arquitecto de la mente colectiva, el deformador que sustituye el mito por la métrica, la sabiduría por la tendencia, la contemplación por el scroll, la comunidad por la audiencia, la identidad por el perfil, la memoria por el historial, la verdad por el engagement. 

 Y, junto a este dios algorítmico, aparecen los nuevos sacerdotes del culto: los influencers

Aunque es legítimo que una marca utilice a una persona para vender sus productos, el resultado final es que es la persona la que se vende, en una forma futurista de prostitución emocional y estética. 

Las vidas se convierten en escaparates, los cuerpos en mercancía, las opiniones en contenido, las experiencias en material promocional. Es de todos sabido que la mayoría de los llamados influencers no parten de situaciones deseables para nuestros jóvenes: muchos son personas rotas, fracasadas, desorientadas, que han encontrado en lo digital una salida funcional y temporal, un refugio que no cura nada, solo lo maquilla. 


No son modelos de conducta, ni de valores, ni de educación, ni de madurez; en demasiados casos representan exactamente lo contrario. 

Y la presencia de media docena de “booktubers” o de personas bienintencionadas y mínimamente formadas que usan esos canales para difundir conocimiento no compensa en absoluto el océano de superficialidad que domina el ecosistema. 

Nuestros jóvenes, huérfanos de vínculos y de apegos seguros, buscan en ellos una identidad que no encuentran en su entorno: imitan su apariencia, su pensamiento —o su ausencia—, sus hábitos, su profesión. 

Y cuando esa promesa de pertenencia no llega, cuando el algoritmo no los bendice con visibilidad, cuando la audiencia no aparece, el golpe es devastador. Porque han depositado en la pantalla el sentido, la seguridad y la autoestima que no encontraron en la vida real


Las relaciones sociales de los jóvenes se han reducido a la puesta en común y la difusión de los vídeos que más les han gustado, de tal manera que toda opinión sobre su mundo es una opinión sobre el vacuo mundo digital. 

Ya no conversan: sincronizan pantallas. Ya no comparten experiencias: comparten enlaces. Ya no construyen identidad: replican tendencias. 

La vida social se convierte en un intercambio de estímulos ajenos, en una coreografía de reacciones, en un ecosistema donde la profundidad es sospechosa y la autenticidad un estorbo. 

La pantalla sustituye al grupo, el algoritmo sustituye al criterio, el contenido sustituye a la experiencia, y la conversación se reduce a un comentario sobre lo que otro ha dicho sobre lo que otro ha grabado sobre lo que otro ha imitado. En ese bucle infinito, la realidad desaparece y solo queda la superficie brillante de lo que se viraliza. 

 Así, el Apocalipsis de las Pantallas no es la explosión de luz azul en los rostros, sino la implosión silenciosa de la capacidad humana para ver el mundo sin intermediarios, para sentir sin ser guiado, para pensar sin ser empujado, para vivir sin ser calculado.

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