LA HERENCIA ZOROÁSTRICA DEL CRISTIANISMO Y SU LARGA SOMBRA EN OCCIDENTE
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Hemos intentado matizar los conceptos maniqueos de Bien y Mal. Pero ahora vamos a profundizar en el origen de esta oposición y en otros conceptos no menos perjudiciales de nuestra tradición, y su origen.
El Zoroastrismo aparece en la historia como una de las religiones más nobles y luminosas de la Antigüedad, un sistema ético sorprendentemente avanzado que concibe a Ahura Mazda como un dios esencialmente bueno, no caprichoso, que otorga al ser humano un verdadero libre albedrío para elegir entre la verdad y la mentira, entre el orden y el caos, y que promete un juicio purificador, no vengativo, donde incluso los malvados acaban siendo restaurados tras un proceso de limpieza que no es castigo eterno sino medicina espiritual.
Su visión del mundo es optimista: el mal no es eterno, la creación será renovada, la resurrección es universal y la salvación final incluye a todos los seres humanos. Es una religión que valora el trabajo bien hecho, la justicia, la palabra verdadera y el cuidado de la tierra, y que no conoce infiernos perpetuos ni condenaciones infinitas.
En esencia, es un sistema ético y esperanzador que confía en la capacidad humana para colaborar con el bien.
El problema comienza cuando el judaísmo tardío entra en contacto con estas ideas durante el período persa y, en lugar de integrar la visión luminosa, adopta solo los elementos más severos y punitivos.
El judaísmo anterior al exilio no conocía cielo ni infierno, ni juicio final, ni resurrección; conocía únicamente el Sheol, un lugar gris donde iban todos por igual, sin premio ni castigo.
La relación con Yahvé era un contrato tribal: si se cumplía la Ley, el pueblo recibía protección, lluvias, victorias militares; si no, llegaban sequías, plagas y derrotas.
Era un pacto de supervivencia, no de salvación. Tras el contacto con Persia, el judaísmo incorpora la idea de juicio, resurrección y dualidad, pero lo hace amputando el sentido original: convierte la resurrección en un proceso literal grotesco donde Dios debe recomponer cuerpos desintegrados, recuperar átomos que pertenecen a otros seres vivos y reconstruir cadáveres devorados o quemados, como si la eternidad fuese un ejercicio de logística necromántica.
La resurrección deja de ser símbolo de restauración para convertirse en una operación física absurda. Y mientras el guapo resucitaría encantado, el feo o el mal dotado quizá no estaría tan satisfecho con la literalidad del dogma.
A esta deformación se suma la pesadilla levítica: un sistema obsesionado con impurezas rituales, alimentos prohibidos, chivos expiatorios, sacrificios y transgresiones minúsculas castigadas con severidad desproporcionada.
La Ley se vuelve absoluta, pero su sentido sigue siendo tribal, no universal. Y aun en tiempos de Jesús, los saduceos —la élite sacerdotal— no creían en la resurrección, prueba de lo tardío y mal integrado del concepto.
La Biblia, leída literalmente, es un edificio contradictorio donde los patriarcas anteriores a Moisés quedan atrapados en un limbo inventado para justificar que no conocían una Ley que aún no existía, y donde la justicia divina funciona como un sistema contable más que como una ética.
En este contexto, el Cristianismo supone un salto cualitativo, una helenización que salva a la Biblia de sí misma. Por primera vez, la Escritura se lee de forma alegórica, simbólica, casi cabalística; la literalidad levítica se rompe y la Ley deja de ser un contrato tribal para convertirse en una ética universal.
La resurrección se transforma en metáfora de renovación, el infierno en estado del alma, y la figura de Cristo reescribe mitos griegos con un final luminoso: la cicatriz del Resucitado funciona como la de Ulises reconocida por la nodriza, el descenso al Hades recuerda a Orfeo, el héroe despedazado reaparece como figura triunfante, y la anagnórisis se convierte en el mecanismo narrativo que permite reconocer al que vuelve de la muerte.
Es un fan‑fiction helenístico que toma tragedias griegas y las reescribe con esperanza, introduciendo en la tradición judía una dimensión filosófica que nunca había tenido.
Sin embargo, el Juicio Final —mal copiado de Persia y despojado de su misericordia— se convierte en el núcleo duro del imaginario cristiano y, más tarde, del derecho occidental. Lo que en Zoroastro era purificación temporal se transforma en condena eterna, y un Dios que se define como amor aparece dictando sentencias infinitas por faltas finitas.
Esta contradicción, que la teología lleva dos mil años intentando maquillar, es la matriz de nuestro sistema penal: Dios como juez, el alma como reo, el pecado como delito, la culpa como esencia, la condena como destino.
Cuando Occidente se seculariza, cambia los nombres pero no la estructura: pecado se convierte en culpa, infierno en prisión, condenación eterna en cadena perpetua, Dios juez en juez del Estado, vigilancia divina en vigilancia policial.
Nuestros jueces modernos son herederos seculares de los levitas: severos, desconfiados, obsesionados con la culpa, convencidos de que la falta debe pagarse aunque no sirva para nada, y de que la justicia consiste en castigar más que en reparar.
Así, el mundo en que vivimos no es heredero del Zoroastrismo luminoso, sino de su sombra deformada por la literalidad judía tardía y endurecida por la maquinaria jurídica romana.
Es un mundo donde la culpa pesa más que la responsabilidad, el castigo más que la reparación, la Ley más que la justicia y el juicio más que la misericordia.
Una genealogía trágica: una religión optimista convertida, por una mala lectura, en una máquina de control moral que aún define nuestras instituciones, nuestras sentencias y nuestra forma de entender el bien y el mal.
La lección que deja esta genealogía no es arqueológica, sino urgente. No podemos seguir viviendo bajo la sombra de ideas que nacieron como malentendidos, deformaciones o lecturas literales de símbolos que nunca debieron tomarse al pie de la letra.
Esas nociones —el castigo eterno, la culpa como esencia, la vigilancia divina convertida en vigilancia estatal, la justicia como retribución y no como reparación— son residuos de un mundo tribal que ya no existe, pero que continúa operando en nuestras instituciones, en nuestras leyes y, lo que es peor, en nuestras conciencias.
Si queremos una cultura verdaderamente humana, necesitamos extirpar de nuestra educación emocional y espiritual esas categorías caducas que confunden orden con miedo, moral con obediencia, justicia con castigo y divinidad con contabilidad.
Ninguna sociedad puede aspirar a la dignidad mientras siga justificando el sufrimiento como deuda, la culpa como identidad o la condena como destino.
Y si aún se insiste en separar a Dios de la Humanidad, entonces habrá que decirlo con claridad: esas ideas tampoco son compatibles con un Dios digno de ese nombre. Un Dios que condena eternamente por faltas finitas no es un ser moral, sino un residuo mitológico. Un Dios que exige sangre, pureza ritual o sumisión absoluta no es una fuente de sentido, sino un eco de estructuras tribales que confundieron poder con trascendencia.
Erradicar estas distorsiones no es un gesto anticlerical ni una cruzada intelectual: es un acto de higiene moral. Es liberar a la conciencia humana de un marco que la empequeñece, que la infantiliza y que la mantiene atrapada en un ciclo de culpa y castigo que no sirve ni a la justicia ni al espíritu.
Solo cuando dejemos atrás estas sombras podremos recuperar lo mejor de aquello que las religiones antiguas intentaron expresar: la posibilidad de un mundo renovado, la confianza en la bondad humana y la esperanza de que la justicia —divina o humana— no sea un mecanismo de destrucción, sino de restauración.
¡Bienvenidos! Este Blog nace de una vida entera de lecturas, intuiciones y desvelos, pero sobre todo de estos últimos tres años que los Hados —con su ironía habitual— han convertido en un “desierto vital”, una “noche oscura del alma”. Apartados del mundanal ruido, casi a la fuerza, hemos tenido por fin ocasión de mirarnos de frente y, siguiendo el viejo lema délfico, conocernos algo mejor a nosotros mismos para comprender mejor el Universo y a los Dioses. No pretendemos pontificar. Estas páginas son solo reflexiones personales que quizá puedan servir a otros. Como escribió Antonio Machado: ¡Tartarín en Koenigsberg, con el puño en la cabeza, todo lo llegó a saber! No ofrecemos una Crítica de la Razón, sino una alabanza de ella como instrumento de Crítica Cultural. Y lo hacemos desde la Prisca Philosophia : el Platonismo y su estirpe neoplatónica, el Hermetismo con su sincretismo fértil, y la Filosofía Perenne que atraviesa los siglos y renace, como el Monomito de Cam...
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