CRECIMIENTO PERSONAL Y PSICOLOGIA: LA INFORMACION-BASURA EN INTERNET
Desde que, hace unos cuatro años, fui diagnosticado como neurodivergente "con pasado", mi principal fuente de información sobre psicología ha sido internet. He consumido gigas y gigas de contenido, buscando respuestas, claridad y un marco que explicara lo que llevaba toda una vida sintiendo sin nombre.
Esa experiencia me obligó a escribir esta pieza, porque después de recorrer ese océano digital puedo afirmar sin exagerar que el noventa por ciento de lo que circula ahí fuera es basura: mensajes simplistas, dañinos, culpabilizadores o directamente falsos, que no solo no ayudan, sino que agravan los problemas que uno ya arrastraba.
Pero también quiero dejar constancia de lo contrario: del diez por ciento restante, de los pocos sabios consejeros que hablan con rigor, humanidad y responsabilidad. A ellos les debo más de lo que puedo expresar, y a la providencia, o al azar, el haberme permitido encontrarlos. Porque, en un momento en el que todo parecía ruido, fueron ellos quienes me devolvieron un hilo de verdad, y no es una metáfora decir que les debo la vida.
La industria terapéutica contemporánea no nació como un proyecto humanista, sino como una estrategia de control social financiada por grandes donantes privados —entre ellos los Rockefeller— que buscaban desplazar el sufrimiento del terreno material al terreno individual.
En un momento histórico en el que la industrialización generaba tensiones laborales, pobreza urbana y malestar psicológico, estos filántropos impulsaron instituciones y programas que difundían una idea muy conveniente: el problema no era el mundo, sino la persona que no sabía adaptarse a él.
Desde entonces, buena parte del discurso terapéutico funciona como un dispositivo para gestionar la disidencia emocional, no para comprenderla, y la pregunta dejó de ser qué le hace el mundo a la persona para convertirse en qué le falta a la persona para encajar en el mundo.
En este contexto, la mayor parte de lo que circula hoy sobre trauma, crecimiento personal o adicciones no proviene de la clínica ni de la investigación seria, sino de un ecosistema donde convergen intereses comerciales, algoritmos que premian lo emocionalmente explosivo y divulgadores sin formación.
Son mensajes diseñados para sonar profundos, no para ser verdaderos; para generar engagement, no para acompañar procesos reales. Lo más grave es que se infiltran justo donde más duele, en personas vulnerables que buscan orientación, claridad o alivio, y encuentran en su lugar consignas que reducen su sufrimiento a un fallo personal.
La autoayuda culpabilizadora es quizá la forma más visible de esta información‑basura. Frases como “si quieres, puedes”, “todo depende de tu actitud” o “no te amas lo suficiente” provienen del marketing del coaching de los años 90, que necesitaba vender la idea de que el cambio es instantáneo y depende solo de la voluntad. El daño es evidente: quien tiene trauma, depresión o adicciones interpreta su dolor como un fallo moral, como una falta de disciplina, y la culpa sustituye a la comprensión.
A su lado prolifera la psicología pop, que utiliza conceptos clínicos descontextualizados —narcisismo, apego, trauma, límites, energía, disociación— como etiquetas universales. Se difunden porque generan identidad y narrativa, no porque describan la realidad. El resultado es que personas vulnerables se autodiagnostican, patologizan relaciones normales o se convencen de que están rotas de forma irreversible.
Otra variante es la dureza emocional disfrazada de sabiduría. El pseudoestoicismo de redes sociales promueve consignas como “nadie te debe nada”, “no esperes nada de nadie” o “si te duele, es tu ego”, una mezcla de cultura empresarial y espiritualidad de gimnasio que presenta la sensibilidad como debilidad.
El daño es que quienes ya están heridos aprenden a desconectarse aún más, reforzando patrones de evitación, frialdad o aislamiento que empeoran su situación en lugar de sanarla.
A su lado prospera la espiritualidad superficial, que mezcla neurociencia de TikTok, budismo de postal y gurús de Instagram para vender la ilusión de profundidad. Prometen elevar la vibración, manifestar abundancia o sanar al niño interior en 21 días. El daño es doble: si no mejoras, es porque no vibras lo suficiente, y mientras tanto evitas el conflicto real sustituyéndolo por rituales simbólicos que no transforman nada.
Personas vulnerables sienten que deben actuar de forma drástica para “ser buenas”, aunque no estén preparadas o aunque esas decisiones no respondan a su realidad. A esto se suman los testimonios milagrosos, historias de transformación radical que venden la idea de que el cambio es inmediato, total y replicable. Nada vende más que un milagro, y quien no experimenta ese cambio exprés se siente defectuoso, fracasado o incapaz, cuando en realidad está siguiendo un proceso humano y gradual.
Los clichés sobre trauma reducen experiencias complejas a slogans como “todo es trauma”, “tu cuerpo lo recuerda todo”, “si te atrae, es una herida” o “si te duele, es una señal”. Estas frases nacen de la apropiación superficial de teorías serias —Bessel van der Kolk, Gabor Maté, teoría polivagal— convertidas en memes.
El daño es que la persona deja de distinguir entre intuición, miedo, patrones reales y proyecciones, quedando atrapada en una hipervigilancia permanente.
Algo similar ocurre con los discursos sobre adicciones, que repiten consignas moralistas como “si recaes es porque no quieres”, “la fuerza de voluntad lo es todo” o “tienes que tocar fondo”.
Reducen un fenómeno neurobiológico, relacional y social a un problema de disciplina, aumentando la vergüenza y dificultando pedir ayuda. Y la pseudoautoridad científica utiliza palabras como dopamina, cortisol, sistema límbico o trauma complejo para dar legitimidad a ideas simplistas. Es ciencia de escaparate: bata blanca sin contenido.
Los artículos divulgativos de psicología reproducen esta misma lógica industrial. Presentan modelos descontextualizados que nunca se ajustan a la vida real del lector, pero siempre concluyen que el problema está en él.
Describen un patrón simplificado, enumeran señales que cualquiera podría reconocer en sí mismo y ofrecen una solución genérica que, casualmente, siempre implica más introspección, más responsabilidad individual y más trabajo emocional unilateral. El lector vulnerable, que busca orientación o alivio, termina encontrando una confirmación de su insuficiencia.
La infantilización aparece cuando estos textos adoptan un tono pedagógico que trata al lector como alguien incapaz de interpretar su propia experiencia. Se le explica cómo debe sentir, cómo debe reaccionar, qué debe pensar y qué conclusiones debe sacar.
Se le dice que sus emociones son inmaduras, que sus vínculos son tóxicos, que su sufrimiento es una señal de que no ha hecho el proceso. El lector, ya debilitado por su situación, recibe un mensaje doble: por un lado, se le promete claridad; por otro, se le niega la legitimidad de su propia percepción, en una forma de gaslighting institucionalizado envuelto en lenguaje terapéutico.
La culpabilización se refuerza mediante listas de errores comunes, señales de que no estás sanando o comportamientos que te sabotean. Estos artículos nunca contemplan que el lector pueda estar respondiendo de forma razonable a un entorno injusto, a una relación desigual o a una situación traumática.
En su lugar, convierten cualquier reacción humana en un fallo personal. Si estás cansado, es porque no gestionas tu energía. Si estás triste, es porque no te trabajas. Si estás confundido, es porque no has hecho suficiente introspección. La complejidad de la vida se reduce a un manual de instrucciones que siempre señala al mismo culpable: tú.
El origen espurio de estos contenidos se vuelve evidente cuando se observa su función: no buscan comprender al lector, sino moldearlo. No buscan acompañarlo, sino dirigirlo hacia un ideal de autosuficiencia emocional que coincide perfectamente con las necesidades del sistema productivo.
Un sujeto que se culpa a sí mismo no cuestiona su entorno. Un sujeto que se infantiliza no exige cambios. Un sujeto que se siente insuficiente consume más contenido, más cursos, más terapia, más autoayuda.
La industria terapéutica se alimenta de la herida que dice querer sanar. Por eso abundan los textos que explican el trauma sin mencionar la violencia estructural, los artículos sobre límites que convierten cualquier conflicto en un fallo de asertividad, las guías sobre relaciones que patologizan la dependencia afectiva sin hablar de abandono, precariedad o aislamiento, y las piezas sobre adicciones que reducen un fenómeno complejo a un problema de voluntad.En todos los casos, el mensaje final es el mismo: si sufres, es porque no haces lo suficiente. La estructura que te daña queda fuera de escena, y tú quedas atrapado en un bucle de autoexamen que nunca termina.
No queda más que recomendar que, si consideran que deben acudir a un psicólogo, lo hagan presencialmente y con la misma lucidez crítica que aplicarían a cualquier otra decisión importante.
Pregunten qué procedimientos, terapias o teorías sustentan su práctica; exijan que se los expliquen; asegúrense de que ustedes los conocen, los comprenden y los aceptan.
Y créanme: eso tampoco se consigue a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Encontrar a alguien competente, honesto y verdaderamente humano es una búsqueda en sí misma. Buena suerte en la suya.

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